Una manera de practicar el Counseling

Actualizado: hace 4 días
Elegí la carrera de Counseling porque necesitaba un nuevo incentivo en mi vida, cuando tenía ya cincuenta y tantos años. Toda la vida me había dedicado al teatro desde distintas perspectivas y, bastante antes de comenzar la carrera, me había recibido de dramaturgo en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático.
Aunque cultivé la expresión artística, durante buena parte de mi recorrido me ocupé fundamentalmente de ayudar a otras personas a través de la facilitación de procesos creativos y de aprendizaje. En algún momento advertí que algo de lo que hacía intuitivamente en esos espacios tenía una relación con aquello que comenzaba a conocer como Counseling.
Había escuchado hablar de la carrera a través de un periodista, Alejandro Rial, que comentaba en sus programas que estaba estudiándola. Siempre me había resultado interesante lo que decía y, al reconocer cierta semejanza con mi propia práctica, apareció la posibilidad de estudiar aquello que hasta entonces había hecho de manera intuitiva.
No tenía una imagen previa demasiado definida de la profesión. Siempre traté de no hacer inferencias acerca de aquello que todavía no conozco. Sí tenía claro que no la asociaba al psicoanálisis y que me interesaba como una alternativa a las terapias tradicionales, con las que no me había ido demasiado bien como paciente.
Los tres años de formación terminaron siendo mucho más que una preparación profesional. Fueron para mí un largo y nutrido proceso de desarrollo personal.
También hubo una diferencia importante entre la formación y el momento de comenzar a ejercer. Había tenido una práctica intensa durante la carrera, de modo que la primera entrevista no resultó completamente novedosa. Sin embargo, durante unas cuantas entrevistas me sentí aterrado, sin saber muy bien qué “hacer”.
Con el tiempo fui comprendiendo que esa pregunta —qué hacer— podía resultar bastante menos importante que otra cuestión: qué está ocurriendo en la relación y qué condiciones puedo ofrecer para que la persona pueda trabajar con aquello que le está ocurriendo.
Crear las condiciones
Actualmente considero que mi campo de trabajo es el desarrollo personal. En una entrevista hago todo lo que está en mis manos para crear condiciones de seguridad, confianza y libertad, de manera que la persona pueda expresarse sin reservas y sin temor a amenazas. Eso también implica aprender a reconocer cuándo una intervención resulta necesaria y cuándo conviene permanecer en silencio. A veces aparecen silencios prolongados. Intento percibir qué está ocurriendo en ellos. Puede tratarse de un movimiento interno que merece ser acompañado sin interrupción. Puede haber también una pausa, un momento en que algo se cerró provisoriamente y necesita su propio tiempo. Cuando el silencio se extiende demasiado, puedo recurrir a un reflejo, un chequeo, una pregunta abierta o una información pertinente a lo que viene sucediendo.
La cuestión central sigue siendo la misma: permanecer atento a la persona y a lo que está ocurriendo en el encuentro.
Las tres actitudes
El gran recurso que utilizo es la puesta en acción de las tres actitudes. Siempre encuentro en ellas alguna novedad, algún descubrimiento. Y hay algo que para mí resulta particularmente importante: no solamente las practico, también las expreso, de modo que la persona pueda percibirlas. Esto forma parte de una concepción del Counseling que fui incorporando progresivamente a mi manera de trabajar. La relación no es un contexto secundario en el que ocurre la consulta. La relación constituye el propio espacio de trabajo. Por eso el enfoque en la persona resulta fundamental.
Carl Rogers sostiene que la experiencia de cada persona es única e irrefutable desde su propio marco de referencia. Para mí, llevar esta idea a la práctica significa algo muy concreto: enfocarme completamente en quien tengo delante. Cuando “opino” acerca de lo que debería hacer una persona, mi atención ya se desplazó hacia mí mismo. Estoy mirando aquello que yo pienso sobre su situación. Dar consejos o proponer una solución está completamente fuera de mi sistema.
Durante mi formación tuve que realizar un enorme trabajo para pasar de una actitud muy crítica a una ausencia absoluta de crítica respecto de las acciones de otras personas. Pura aceptación. También tuve que aprender y ejercitar la empatía. Con el tiempo pude asimilarla e integrarla entre mis recursos hasta convertirla en una conducta cotidiana.
La creatividad como eje
Hay, sin embargo, algo que atraviesa todo este modo de trabajar y que tiene una relación directa con mi historia anterior: la creatividad. El eje de mi práctica, asociado a las tres actitudes, al reflejo, a la pregunta abierta y a la posibilidad de brindar información cuando resulta necesario, es la creatividad. Pienso en ella a partir de lo que Rogers plantea en el capítulo 19 de El proceso de convertirse en persona: como una manera óptima de observar, organizar y transformar, cuando es posible, aquello que sucede fenomenológicamente.
La experiencia humana es compleja. La creatividad permite percibir esa complejidad, descubrir pautas que conectan elementos aparentemente separados e integrar signos que hasta ese momento podían aparecer disociados. Por eso la creatividad tiene para mí una relación directa con el desarrollo personal. Siempre se puede hacer algo con lo que pasa. A veces ese hacer consiste en transformar una situación. Otras veces consiste en aceptar aquello que no puede ser transformado. En ambos casos existe la posibilidad de observar lo que está ocurriendo, organizar la experiencia y encontrar alguna forma de nueva relación con ella.
La distancia
Una parte importante de mi trabajo consiste también en sostener una distancia adecuada. Para no involucrarme personalmente con los problemas o las historias de las personas que acompaño, resulta fundamental el entrenamiento constante en la distancia óptima y en el enfoque en la persona.
Hay algo muy particular en esto: entre una sesión y otra, la relación desaparece de mi panorama y vuelve a establecerse cuando comienza nuevamente la entrevista. Para mí sigue siendo una experiencia casi mágica.
Tengo simpatías y antipatías, como cualquier persona. Durante la sesión, esas inclinaciones se desactivan. La relación tiene un marco determinado y ese marco permite que pueda existir algo que llamo, un poco provocativamente, un gran amor filosófico dentro de un encuadre muy claro. Puedo desearle anticipadamente a una persona un feliz cumpleaños, por ejemplo, y al mismo tiempo tener perfectamente claro que no voy a saludarla en ese día preciso porque no estaremos dentro del marco de la sesión. Ese límite forma parte de la relación.
Suelo mostrarme tal como soy frente a quienes acompaño, manteniendo al mismo tiempo los límites profesionales necesarios. No tengo secretos en la entrevista. Si una situación me conmueve por alguna razón, puedo revelarlo. Para mí forma parte de la transparencia imprescindible en la relación.
Reconocer los propios límites
La transparencia también implica reconocer cuándo algo excede mis posibilidades. En alguna ocasión sentí que no podía acompañar aquello que le estaba pasando a una persona. Se lo manifesté, interrumpimos el proceso y recomendé otro profesional. El criterio fundamental para mí fue advertir que estaba enfocándome en mí mismo más que en la persona que tenía delante. Y cuando ocurre algo así, considero importante dejar claro que el impedimento es mío y no de la persona.
Lo mismo sucede cuando una situación excede el campo de intervención del Counseling. Si advierto, por ejemplo, la presencia de posibles alteraciones de la percepción o de la realidad, repongo la información que había brindado durante la pre-entrevista acerca de la disciplina y sus límites. La limitación pertenece al campo de intervención, no a la persona. Es algo semejante a lo que ocurre cuando un cardiólogo deriva a un paciente a un traumatólogo: que determinada situación exceda su campo no significa que exceda las posibilidades de la persona.
¿Qué cambia durante un proceso?
Hay determinadas señales que me permiten advertir que una persona está atravesando un buen proceso de desarrollo. Una de ellas es que comienza a referirse cada vez más a sí misma y menos a las demás personas.
También aparece una especie de relajación fisiológica que puede percibirse en el semblante y en el tono de voz, una mayor aceptación de aquello que no puede cambiar y un aumento de la flexibilidad: un trabajo consciente sobre los propios aspectos rígidos.
Creo que la creatividad tiene mucho que ver con todo esto. Siempre se puede hacer algo con lo que pasa, en una permanente actitud de transparencia.
El arte de no intervenir automáticamente
Si tuviera que señalar algo que considero indispensable para ejercer bien el Counseling, mencionaría la formación, la lectura completa, atenta y recurrente de la obra de Rogers, la práctica real y el perfeccionamiento permanente de las tres actitudes.
Pero hay algo más. Recomendaría a quien quiera acercarse a esta profesión que nunca haga o diga algo que no esté rigurosamente enfocado en la persona. Rigurosamente, no rígidamente; la diferencia es enorme.
A veces pienso que nuestra profesión desarrolla el arte de no intervenir automáticamente. Quizás esta frase sintetice bastante bien una parte de mi manera de practicar el Counseling. Hay una tendencia muy fuerte, en las relaciones humanas, a responder inmediatamente, interpretar, aconsejar, explicar, tranquilizar, juzgar o intentar resolver. El entrenamiento consiste muchas veces en poder permanecer un poco más cerca de lo que está ocurriendo antes de hacer algo con ello.
Para mí, eso tiene una relación profunda con la creatividad: observar, organizar y transformar aquello que aparece, en lugar de imponer de antemano una respuesta.
Una forma de vida
El Counseling cambió completamente mi vida. Sobre todo porque me permitió reconocer que muchas cuestiones que durante años había intuido y considerado fallas de mi propio sistema podían ser, en realidad, tesoros valiosos: cosas que podía estudiar, integrar y llevar a la acción.
Aquello que inicialmente había aparecido como una nueva carrera, una nueva actividad para una etapa de mi vida, terminó modificando mi manera de comprenderme y de relacionarme con otras personas. Por eso, para mí, el Counseling, mucho más que una profesión, es una forma de vida.




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