El entrenamiento de la disposición creadora
- Marcelo Bertuccio

- 7 jul
- 2 min de lectura
Texto generado con inteligencia artificial a partir de contenido original y correcciones de Marcelo Bertuccio.
Existe una diferencia importante entre aprender una disciplina y entrenar una conducta. Aprender suele asociarse con incorporar conocimientos, técnicas o procedimientos. Entrenar, en cambio, implica volver una y otra vez sobre una misma práctica para modificar el modo en que uno actúa frente a una situación determinada.
La dramaturgia pertenece a este segundo territorio mucho más de lo que suele suponerse. Ninguna explicación acerca del conflicto dramático, de la construcción de personajes o de la organización de una escena garantiza, por sí sola, que alguien pueda escribir una obra. Del mismo modo que conocer la teoría de un instrumento musical no convierte a nadie en intérprete, comprender intelectualmente un procedimiento creativo no significa haber desarrollado una conducta creadora.
Esta diferencia suele pasar inadvertida. Con frecuencia se busca una técnica nueva cuando, en realidad, lo que necesita transformarse es la relación con el propio trabajo. La dificultad no siempre reside en la falta de recursos. Muchas veces aparece en la manera en que el dramaturgo se vincula con el material, con la incertidumbre, con la necesidad de decidir, con el error, con la expectativa de obtener rápidamente un resultado satisfactorio.
Desde esta perspectiva, el entrenamiento adquiere un sentido diferente. No consiste en repetir mecánicamente un ejercicio, sino en volver a atravesar un dispositivo que permita observar esos mecanismos cada vez con mayor precisión. El protocolo permanece. Lo que cambia es quien lo atraviesa. La experiencia nunca es exactamente la misma porque tampoco lo es la persona que trabaja.
La Dramaturgia del Propio Sistema entiende la escritura como una forma de exploración. No parte de la idea de expresar algo previamente conocido, sino de la posibilidad de descubrir, durante el propio proceso de creación, aspectos que todavía no habían adquirido una forma visible. Esa posición modifica profundamente el lugar de la razón, de la intuición, de la imaginación y de la lectura posterior del material producido.
Por ese motivo, el entrenamiento no busca enseñar respuestas. Busca generar las condiciones para que determinadas capacidades puedan ejercitarse. La observación, la aceptación del material, la suspensión provisoria del juicio, la convivencia con la incertidumbre, la lectura analítica y la formulación de preguntas constituyen conductas que pueden fortalecerse mediante una práctica sostenida.
En este sentido, el entrenamiento no pretende producir una obra en una hora o en una jornada. Su propósito es mucho más modesto y, al mismo tiempo, más ambicioso: favorecer la aparición de una manera diferente de trabajar. Una conducta creadora no surge como consecuencia de una explicación brillante ni de una intuición excepcional. Se desarrolla lentamente, mediante la reiteración consciente de ciertos procedimientos y la observación de los propios hábitos.
Tal vez por eso la palabra entrenamiento resulte más adecuada que otras habitualmente utilizadas. No remite a un curso destinado a transmitir conocimientos ni a un taller orientado exclusivamente a producir materiales. Designa un espacio donde lo central no es el resultado inmediato, sino la transformación gradual de la relación entre la persona y su práctica.
En la Dramaturgia del Propio Sistema, la creación no constituye un acontecimiento extraordinario reservado a momentos de inspiración. Es una conducta. Y, como toda conducta, puede entrenarse.




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