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La Dramaturgia del Propio Sistema y el arte objetivo

  • Foto del escritor: Marcelo Bertuccio
    Marcelo Bertuccio
  • 10 ago
  • 6 min de lectura

Actualizado: 18 ago

La idea de arte objetivo ocupa un lugar singular dentro del pensamiento de Gurdjieff. Es una noción que aparece asociada a una distinción entre un arte producido fundamentalmente desde la subjetividad de quien crea y otro capaz de provocar determinados efectos de manera deliberada y precisa. Gurdjieff relaciona el arte objetivo con conocimientos, leyes y procedimientos que exceden la expresión personal. Sin embargo, sus formulaciones acerca de este concepto son fragmentarias y deliberadamente enigmáticas. No encontramos en su obra una definición sistemática de qué sería, en términos contemporáneos, una práctica de arte objetivo ni un método aplicable directamente a la producción artística actual. Por eso, cualquier aproximación al concepto requiere cierta cautela.

Desde esa zona de ambigüedad, me interesa establecer una relación posible con la Dramaturgia del Propio Sistema.

No se trata de afirmar que la Dramaturgia del Propio Sistema sea una forma de arte objetivo, ni de incorporar los postulados de Gurdjieff a una teoría dramatúrgica. Tampoco de convertir a Gurdjieff en una autoridad sobre la dramaturgia.

Se trata de observar qué ocurre cuando dos ideas, provenientes de recorridos diferentes, entran en contacto.

Y el punto de contacto que encuentro es éste: la posibilidad de producir una forma que, aunque tenga su origen en la experiencia singular, no quede sometida enteramente a la subjetividad de quien la produce.

 

Del propio sistema al material

La Dramaturgia del Propio Sistema parte de algo muy concreto: lo que se tiene.

Se tiene una circunstancia, una memoria, un vínculo, un objeto, una preocupación, una contradicción, una conducta que se repite, una imagen, una dificultad, un acontecimiento que no termina de comprenderse. Se tienen también conocimientos, desconocimientos, deseos, rechazos, hábitos, fantasías y zonas enteras de la propia experiencia que permanecen oscuras. Todo eso puede constituir material. Pero que algo pertenezca a la propia experiencia no significa que deba convertirse en una confesión.

La Dramaturgia del Propio Sistema propone un desplazamiento: aquello que pertenece a la experiencia personal puede ser observado como materia de creación. En ese desplazamiento aparece una diferencia fundamental.

No se trata de decir: «Tengo una experiencia y voy a utilizarla para construir una obra». Se trata más bien de preguntar: «Esto es lo que tengo. ¿Qué contiene? ¿Qué relaciones aparecen? ¿Qué forma puede surgir de aquí?». La diferencia es pequeña en apariencia, pero modifica profundamente la relación con el material. En el primer caso, la experiencia queda subordinada a una voluntad creadora previa. En el segundo, la experiencia se convierte en un campo de investigación.

 

La subjetividad como punto de partida, no como destino

Aquí aparece la primera relación posible con el arte objetivo. La Dramaturgia del Propio Sistema parte necesariamente de la subjetividad. El material procede de un sistema particular y de una experiencia particular. Pero partir de la subjetividad no obliga a terminar en ella. Una experiencia puede ser absolutamente personal y, sin embargo, dar origen a una situación que ya no necesite ser explicada mediante la biografía de quien la produjo. Una conducta puede ser propia y convertirse en una acción dramática. Una contradicción personal puede transformarse en una relación entre fuerzas. Un recuerdo puede convertirse en una imagen. Una circunstancia concreta puede producir una situación capaz de ser reconocida por alguien que no conoce absolutamente nada de quien la originó. En ese proceso, algo se desplaza. El material sigue teniendo un origen subjetivo, pero comienza a adquirir una autonomía que ya no depende exclusivamente de esa subjetividad. Y hasta es posible que un punto de partida subjetivo devenga en una expresión objetiva. Casi una reformulación de “Pinta tu aldea y pintarás el mundo” (Tolstoi).

Por eso podría formularse una primera hipótesis:

El material es subjetivo por su procedencia; la dramaturgia procura volverlo objetivo por su tratamiento.

No utilizo aquí «objetivo» en el sentido de una verdad universal o de una garantía de objetividad científica. Lo utilizo como una posibilidad de independencia respecto de la voluntad y de la explicación personal.

 

La observación en lugar de la imposición

Esto modifica también la función de quien crea. La persona que trabaja sobre su propio sistema no desaparece de la obra. Pero puede dejar de comportarse como quien sabe de antemano qué debe significar aquello que está trabajando. Puede observar. ¿Qué se repite? ¿Qué contradicción aparece? ¿Qué conducta se produce una y otra vez? ¿Qué relación existe entre determinados elementos? ¿Qué permanece sin explicación? ¿Qué acontecimiento modifica la situación? ¿Qué aparece sin haber sido buscado? ¿Qué falta? ¿Qué no puede todavía ser dicho?

Esta posición tiene una consecuencia dramatúrgica importante: el material puede empezar a responder. Y cuando el material responde, la creación deja de ser exclusivamente una operación de imposición. Se establece una relación. Quien crea propone, pero también recibe. Organiza, pero también observa. Interviene, pero permite que aquello sobre lo que interviene conserve cierta capacidad de resistencia.

 

Lo incompleto también es material

Hay otro punto en el que esta relación se vuelve especialmente interesante. La dramaturgia convencional puede llevarnos, en determinadas circunstancias, a querer resolver demasiado rápidamente aquello que aparece en un material. Una situación parece necesitar un conflicto. El conflicto parece necesitar una resolución. La resolución parece necesitar una explicación. Y entonces puede aparecer una solución que cierre artificialmente aquello que todavía no estaba preparado para cerrarse. La Dramaturgia del Propio Sistema puede adoptar otra posición. Si algo permanece incompleto, puede permanecer incompleto. Si algo es misterioso, puede conservar su misterio. Si una conducta no puede explicarse todavía, no necesariamente necesita una explicación. Si una relación no encuentra una conclusión, esa ausencia de conclusión puede formar parte del material.

Esto no significa celebrar la oscuridad ni convertir la indefinición en un valor estético automático. Significa algo más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente: no falsificar aquello que el propio material todavía no permite conocer. La oscuridad no tiene que ser fabricada. Puede ser conservada.

 

Hacia una dramaturgia objetiva

Desde aquí podría formularse una hipótesis más ambiciosa acerca de la relación entre la Dramaturgia del Propio Sistema y el arte objetivo.

La Dramaturgia del Propio Sistema podría constituir un procedimiento para transformar material subjetivo en una forma que aspire a cierta objetividad, no mediante la eliminación de la subjetividad, sino mediante su observación.

La persona que crea no tiene que desprenderse de su sistema para crear. Trabaja precisamente con él. Pero intenta no quedar completamente sometida a él. Esto introduce una pregunta que me parece especialmente productiva:

¿Puede una persona utilizar su propio sistema como materia sin quedar completamente sometida a ese sistema?

La pregunta es dramatúrgica, pero también puede convertirse en una pregunta acerca de la propia existencia. Porque el entrenamiento no consistiría únicamente en «conocerse». Consistiría en observar el propio sistema hasta poder producir algo que ya no sea simplemente una repetición de ese sistema. Y ahí la creación puede adquirir otra función.

 

Cinco operaciones posibles

Si quisiéramos traducir esta hipótesis a un procedimiento de trabajo, podríamos imaginar al menos cinco operaciones.

Observación. Se parte de algo efectivamente existente en el propio sistema.

Desplazamiento. Ese material deja de ser tratado como confesión, explicación o diagnóstico y pasa a ser materia dramatúrgica.

Composición. Se observan relaciones, acciones, objetos, espacios, ritmos, repeticiones, oposiciones, silencios y acontecimientos, sin imponer necesariamente una explicación psicológica.

Resistencia al cierre. No se resuelve aquello que el material todavía no resuelve.

Autonomización. La obra comienza a existir independientemente de la explicación de quien la produjo.

Esta última operación puede ser la más importante. Podríamos decir que una obra se vuelve tanto más autónoma cuanto menos necesita de quien la produjo para explicar por qué existe.

 

La obra como conocimiento

Esto permite pensar la Dramaturgia del Propio Sistema desde un lugar que excede la producción artística. Si el material procede de mí, pero durante el proceso aparecen relaciones que yo no había previsto, entonces la creación puede devolverme algo que yo no sabía. La obra deja de ser únicamente expresión. Puede convertirse en conocimiento. Y éste es, quizá, el punto donde la relación con el arte objetivo se vuelve más fértil. No porque la Dramaturgia del Propio Sistema pueda proclamarse «arte objetivo», sino porque puede generar condiciones para que una producción nacida de la experiencia personal alcance una autonomía que la exceda. El propio sistema proporciona el material. El entrenamiento proporciona la observación. La dramaturgia proporciona la organización. Y la obra puede devolver una forma que ya no pertenece enteramente a ninguno de esos momentos.

 

Una hipótesis para seguir investigando

No afirmaría, entonces, que la Dramaturgia del Propio Sistema conduce necesariamente al arte objetivo. Propondría algo más prudente:

La Dramaturgia del Propio Sistema puede ser explorada como un procedimiento capaz de producir formas que, aun naciendo de una experiencia subjetiva, procuren adquirir autonomía respecto de quien las produce.

En ese sentido, la noción gurdjieffiana de arte objetivo funciona menos como una definición que como una pregunta dirigida a la práctica dramatúrgica. ¿Qué tendría que suceder para que una obra no fuera solamente expresión de quien la produce? ¿Qué tendría que suceder para que el material pudiera resistir a la voluntad personal? ¿Qué tendría que suceder para que aquello que nace de una circunstancia singular pudiera alcanzar una forma que otra persona pudiera experimentar sin necesidad de conocer su origen? Y, finalmente, una pregunta que puede quedar abierta:

¿Puede una dramaturgia que comienza por la observación de un sistema personal producir una obra que permita observar algo que exceda a ese sistema?

Creo cada vez más firmemente que una posición absolutamente subjetiva, libre de influencias externas, cánones y condicionamientos (lo ajeno, lo viejo, lo falso), puede conducir a la creación de obras altamente objetivas, que ya no requieran empatía con sus creadores sino que ofrezcan a la Humanidad la posibilidad de la observación de sí y del universo que la contiene.


 



Texto generado con inteligencia artificial a partir de contenido original y correcciones

de Marcelo Bertuccio.


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