Si hay sistema, hay sentido
- Marcelo Bertuccio

- hace 6 días
- 6 min de lectura
Hay una palabra que aparece cada vez con mayor frecuencia en mi trabajo con la Dramaturgia del Propio Sistema: justamente, sistema.
No la utilizo como una metáfora sofisticada ni como una manera de designar vagamente un conjunto de elementos relacionados. Para la Dramaturgia del Propio Sistema, la noción de sistema es una herramienta de observación y, al mismo tiempo, una hipótesis acerca de cómo se constituye una obra.
Un sistema es un conjunto de componentes interdependientes que resultan esenciales para la constitución de ese sistema.
La interdependencia es la condición fundamental. No alcanza con que haya varios elementos juntos para que exista un sistema.
Un grupo de ocho piedras, por ejemplo, seguirá siendo un grupo si agregamos una piedra o retiramos una. Habrá nueve o siete piedras, pero seguirá existiendo un grupo de piedras.
Un octógono funciona de otra manera. Si retiramos uno de sus vértices, deja de ser un octógono. Si agregamos uno, también deja de serlo. El componente que se modifica no es simplemente una parte intercambiable de un conjunto: modifica necesariamente el sistema entero.
Por eso podemos decir que un sistema no es solamente una suma de componentes. Es la relación de interdependencia entre esos componentes.
La obra como sistema
Esta distinción resulta especialmente productiva cuando la trasladamos al terreno artístico.
Una obra no es simplemente la acumulación de personajes, acontecimientos, palabras, imágenes, objetos, sonidos, espacios, movimientos o ideas. Todos esos elementos pueden estar presentes y, sin embargo, no constituir un sistema.
Lo que convierte esos elementos en una obra es la red de relaciones que establecen entre sí.
Un elemento modifica a otro. Una ausencia modifica una presencia. Una repetición modifica el sentido de aquello que se repite. Un cambio en el espacio puede modificar una conducta. Una palabra puede alterar la relación entre dos personajes. Un silencio puede modificar toda una escena.
La obra existe, entonces, como una organización particular de interdependencias.
Esto permite observar la creación desde un lugar diferente del habitual.
En lugar de preguntarnos inmediatamente «¿qué quiere decir esta obra?», podemos preguntarnos: «¿cómo funciona este sistema?». ¿Qué elementos lo constituyen? ¿Cuáles dependen de cuáles? ¿Qué sucede si uno de ellos desaparece? ¿Qué se transforma cuando aparece algo nuevo? ¿Qué relaciones permanecen estables y cuáles se modifican? Estas preguntas pueden resultar mucho más productivas que la búsqueda anticipada de un significado.
De aquí proviene una de las formulaciones que utilizo como lema: Si hay sistema, hay sentido.
La afirmación, que quizá pueda parecer excesiva, en realidad procura liberarnos de una obligación bastante extendida en la creación artística: la de darle un sentido a la obra.
Existe una especie de mandato tácito según el cual quien crea debería saber qué quiere decir con aquello que está haciendo. Antes de comenzar, debería existir una intención. Durante el proceso, debería poder sostenerse esa intención. Y al finalizar, debería poder explicarse claramente cuál es el sentido de la obra.
La Dramaturgia del Propio Sistema propone suspender esa obligación. No porque una obra no tenga sentido. Precisamente por lo contrario. Si la obra constituye un sistema, el sentido ya está ocurriendo. No es necesario introducirlo desde afuera. El sentido no está dentro de la obra.
Esto conduce a una cuestión que me parece todavía más importante. El sentido de una obra no existe necesariamente dentro de ella como una sustancia que el creador deposita y que el receptor debe encontrar. El sentido aparece en el encuentro. La obra constituye un sistema. El receptor constituye otro sistema. Cuando ambos entran en contacto, se produce una relación vincular. Es allí donde aparece el sentido. Por eso el sentido no es necesariamente singular. Una misma obra puede producir sentidos diferentes en personas diferentes. Incluso puede producir sentidos diferentes en una misma persona en distintos momentos de su vida. Y esos sentidos pueden ser completamente inesperados para quien creó la obra. Esto no constituye un fracaso de la creación. Es una de sus condiciones más interesantes.
El creador no posee el sentido
Hay algo especialmente liberador en esta idea para quien crea. No necesitamos conocer de antemano todos los sentidos posibles de aquello que estamos haciendo. Más aún: no necesitamos producir un único sentido correcto. Una obra puede contener una organización rigurosa y, al mismo tiempo, permanecer abierta a múltiples experiencias. De hecho, una obra cuya organización permite solamente una interpretación prevista y autorizada por quien la produjo quizá esté mucho más cerca de un discurso que de una experiencia artística.
El creador puede saber perfectamente cómo está constituido su sistema. Puede saber qué elementos lo componen, cómo se relacionan, qué reglas internas lo organizan. Pero eso no significa que pueda saber qué ocurrirá cuando ese sistema entre en contacto con otro. El receptor completa la operación. No porque tenga que descubrir aquello que el creador escondió, sino porque el sentido se produce en la relación.
El sistema propio
En la Dramaturgia del Propio Sistema, esta noción adquiere una segunda dimensión. No solamente observamos la obra como sistema. Observamos también a quien crea como sistema. Cada persona constituye una organización particular de experiencias, recuerdos, hábitos, percepciones, vínculos, conocimientos, ignorancias, deseos, rechazos, conductas y circunstancias. No se trata de afirmar que todo eso esté perfectamente organizado. Un sistema puede ser contradictorio, inestable, incompleto y cambiante. Precisamente por eso puede ser observado.
La Dramaturgia del Propio Sistema propone utilizar esa organización particular como materia de exploración dramatúrgica. No se trata de convertir la propia vida en argumento. Tampoco de contar la propia historia. Se trata de observar las relaciones que constituyen el propio sistema y descubrir qué puede producir esa observación cuando se transforma en materia de creación.
El sistema no necesita una explicación
Esta perspectiva permite también revisar una tendencia frecuente en el trabajo artístico: la necesidad de explicar. Cuando una obra presenta un elemento que parece extraño, inmediatamente aparece la pregunta: «¿Qué significa?». Cuando un personaje actúa de una manera que no comprendemos: «¿Por qué hace eso?». Cuando un final no resuelve una situación: «¿Qué quiso decir?». La explicación puede ser útil en determinados momentos del proceso. Pero no debería convertirse en una condición de existencia de la obra.
Un sistema puede funcionar sin que quien lo observa conozca todas las razones de su funcionamiento. Podemos reconocer que una relación existe antes de poder explicarla. Podemos percibir una tensión antes de saber nombrarla. Podemos experimentar una transformación antes de comprenderla. En el terreno artístico, esa posibilidad es especialmente valiosa.
El sentido como acontecimiento
Desde esta perspectiva, el sentido no es una propiedad fija de la obra. Es un acontecimiento. Ocurre cuando una organización de elementos entra en relación con alguien. Por eso la misma obra puede producir una experiencia de tristeza en una persona, de rechazo en otra, de reconocimiento en otra y de indiferencia en una cuarta. Ninguna de esas respuestas necesita ser considerada necesariamente como un error. La obra no pierde su condición de sistema porque sus sentidos sean múltiples. Al contrario: la estabilidad de su organización puede ser precisamente aquello que permite la multiplicidad de sus efectos.
Una obra puede ser rigurosa sin ser unívoca. Puede estar cuidadosamente construida sin estar cerrada. Puede tener sistema sin tener un significado único.
Crear sistemas; no significados
Quizás ésta sea una de las consecuencias más interesantes de esta concepción. La tarea de quien crea podría consistir menos en fabricar significados que en construir sistemas capaces de producirlos. Esto cambia también la relación con el control.
No se trata de abandonar toda decisión ni de confiar ingenuamente en que cualquier cosa que aparezca será necesariamente valiosa. Se trata de desplazar la atención. En lugar de controlar qué debe significar la obra, se puede trabajar sobre las condiciones que hacen posible que la obra constituya un sistema consistente. Y entonces aparece una pregunta mucho más concreta: ¿Qué tiene que ocurrir para que esto que estoy haciendo constituya realmente un sistema?
La pregunta no garantiza una buena obra. Pero permite trabajar. Permite observar. Permite modificar. Permite retirar un elemento y comprobar qué sucede. Permite agregar otro y comprobar si el sistema se transforma o simplemente se amplía. Permite descubrir que, a veces, aquello que parecía fundamental no lo era. Y que aquello que parecía insignificante sostenía una parte esencial de la organización.
Si hay sistema, hay sentido
Esta premisa no pretende resolver el problema del sentido. Pretende, más bien, liberar a la creación de la obligación de resolverlo antes de tiempo. Si existe una organización de elementos interdependientes, existe ya la posibilidad de sentido. El sentido no necesita ser impuesto. No necesita ser único. No necesita ser conocido por quien crea. No necesita coincidir con la intención inicial. Y tampoco necesita permanecer idéntico cuando la obra vuelve a encontrarse con otro receptor.
La creación puede entonces abandonar una pregunta que muchas veces la paraliza: «¿Qué quiero decir?». Y sustituirla por otras preguntas: ¿Qué sistema estoy construyendo? ¿Qué relaciones lo constituyen? ¿Qué sucede cuando modifico uno de sus componentes? ¿Qué puede ocurrir cuando este sistema se encuentre con otro? Quizás allí haya una manera más libre y, al mismo tiempo, más rigurosa de entender la creación.
No se trata de crear sentido. Se trata de crear las condiciones para que el sentido pueda ocurrir.

Texto generado con inteligencia artificial a partir de contenido original y correcciones de Marcelo Bertuccio.



Comentarios